domingo, 8 de noviembre de 2009

LA DOBLE MORAL DEL MEDIOPELO ARGENTINO, ETIOLOGÍA DE UN SORUYO. POR: DR. HERNÁN JAUREGUIBER


LA DOBLE MORAL DEL MEDIOPELO ARGENTINO - ETIOLOGIA DE UN SORUYO.-

Por Dr. Hernán Jaureguiber.-


Cuantas veces por día encontramos en nuestra realidad especímenes a la medida de las inigualables categorías sociales pensadas para La Argentina por don Arturo.



En estos días me tope con otro de la selección y pensaba que, no obstante la reiteración, uno no cansa de sorprenderse.



El mediopelo argentino es contumaz en su ideario marmota.



El mediopelo argentino, no asume que es valuarte de la decadencia y por el contrario, cree que es un prócer progresista a la altura de Alberdi.



Lo mas irritante de este personaje es su doble moral.



Vive criticando los problemas cotidianos de la sociedad, cuando es Él, en su individualidad, el que los provoca.



Así se queja, por ejemplo, de la falta de seguridad que padece a pesar que paga sus impuestos, cuando en realidad, esas cargas las tributa luego de tamizar su patrimonio y ganancias por un sinfín de vericuetos contables, tales como subfacturación por ventas, en algunos casos con la impudicia de tratarse de bienes suntuarios destinados a su placer y muy lejos de la producción.



Se queja de la falta de palabra en los negocios, luego de despacharse cínicamente con incumplimientos indecorosos a sus compromisos, plantando operaciones concertadas sin siquiera ruborizarse.



Pero así es Él. El prototipo del chanta que ni siquiera inspira a la caricatura.



El que se borra siempre. El que cacha a otro. El “don Carlos” de la publicidad sobre evasión fiscal tan reiterada en televisión en estos días.



El que se cree “exitoso” como comerciante porque logra vender algo mediante ardid. Claro, porque la mentira, si es en el comercio, no es pecado sino habilidad.



El que se rasga las vestiduras en cuanto a sinceridad, pero siempre juega a dos o mas puntas, tanto en los negocios como en su vida intima.



Y si, es un personaje muy reconocible en las categorías de Jauretche, aunque no tan identificable en la cotidianeidad y esto por dos motivos.



En primer lugar, porque en si mismo no hay muchas formas de ver una mentira, sino cuando es muy alevosa y por ello no es mentira, sino un grotesco.



Por otro lado, porque lamentablemente son muchos, muchos mas de lo que supone una excepción a la regla, y por tanto viven entre nosotros y es imposible prescindir de ellos.



Están en el comercio, en la oficina pública, en la privada, en las buenas familias y en las otras.



Son como diría Medina, chicos bien de casas mal y chicos mal de casas bien.



Hay un distingo importante. Mayoritariamente pertenecen a una clase, la clase media argentina.



Pueden estar en los otros sustratos, pero resulta que los oprimidos totales no tienen ocasión de relucir tan frecuentemente esas características y los opulentos no tienen tanta necesidad.



Y otro distingo, es que nunca se hacen cargo de lo que son, salvo cuando sus pares lo reivindican como una “ranada” . Y ahí aparece la otra faceta, que cobró mayor predicamento en los últimos años. LA APOTEOSIS EN LA IMPUDICIA DEL ACTO DESHONROSO“



Dicho en cocoliche. El menenfrega.



Así tenemos a los efedrineros, a los empresarios de medicamentos truchos, a los coimeros, etc. etc..



¿Cuánto tendrá que esperar la argentina profunda, la de los giles, para hacer tronar el escarmiento de esta clase infecunda de prestados compatriotas?



En estos días donde el personaje retratado recobra su virulencia, entre otras cosas ante el reclamo social que corta avenidas, olvidando su complacencia por los piquetes campestres efectuados por panzones burgueses en las antípodas de la escala social, la pregunta recobra énfasis.



Tal vez sería un gesto positivo por parte de las autoridades del Estado, revisar los patrimonios de los quejosos, autoproclamados laboriosos (en su propio beneficio) y desenmascarar de una vez por todas tanta hipocresía.



Cuanta casa enrejada mal habida hay en La Argentina. Cuantos autos lujosos de dudoso origen. Cuantos barcos.



Y pienso que nada es mas temible que la acumulación de paciencia sobre tanto abuso impúdico.



Ojalá lleguemos al desenlace, aunque sea cinco minutos antes del final, para la paz de todos, aunque no todos la merezcan.

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